Desde muy joven, Elena dejó su pueblo natal para trabajar en servicio doméstico y cuidado de adultos mayores en Mérida. Con gran pesar, pero también con mucha necesidad, se vio obligada a dejar a sus pequeños hijos al cuidado de su madre.
Abandonada por un esposo adicto al alcohol y las drogas, la jefa de familia tiene que levantarse a las 4 de la mañana para tomar la combi que cada semana la traslada de su pueblo maya a la capital yucateca.
Duerme en la casa donde hace más de 10 años cuida a una mujer de avanzada edad y otros días realiza el aseo de casas en el norte de la ciudad.

Han pasado los años y la pobreza parece estacionada en la vida de Elena y su familia. Los 500 pesos semanales que el papá de su hijo ya adolescente le da para “manutención y estudios” simplemente se esfuman en un abrir y cerrar de ojos.
Ha tenido que lidiar con lesiones y cirugías propias y de su hijo de 16 años.
Una mañana como cualquier otra, Elena llora desconsolada mientras limpia una casa. Recién le informaron que su muchachito se droga.

La dolorosa verdad salió a relucir luego de un accidente en moto en la que el adolescente y otro amigo de edad similar iban bajo los efectos del alcohol y drogas. Por gracia divina, salieron ilesos.
La afligida madre jamás imaginó que la inocencia de su pequeño le haya sido arrebatada de tal manera.
¿Y el padre? Desatendido y más descarado aún en el consumo de drogas.
Elena se enfrenta a un perturbador dilema: ¿Qué hace con su hijo si ella está por lo general ausente del hogar por la naturaleza de sus trabajos? ¿Lo interna a un centro de rehabilitación? ¿Le da una nueva oportunidad para que deje el consumo de alcohol y drogas y retome sus estudios?

Ella se siente culpable, traicionada y, sobre todo, temerosa por la salud, vida y futuro de su adolescente. Como Elena, ¿cuántos padres sufren tal flagelo en la familia?